lunes, 21 de enero de 2013

El escritor


Después de leer muchos y voluminosos libros sin entender nada, un buen día decidí que tenía vocación de escritor. Comencé a ejercer mi nuevo y secreto vicio en la más estricta de las privacidades, deleitándome egoístamente con mi arte. Cuando salía a la calle y alternaba con el vulgo, un aire de superioridad me rodeaba, una superioridad misteriosa y callada...interesante. Mi comportamiento era extraño. Me aislaba de los grupos numerosos...Perdí algunos amigos (imbéciles que no sabían apreciar mi sensibilidad y mi talento)...¡Envidiosos, pues! Frecuentemente me retiraba a escribir versos en los excusados y en los bares. Fui tachado de extravagante y raro, se habló de clínicas psiquiátricas y terapias de grupo, pero ninguno de los improvisados doctores que me rodeaban llegó a sospechar que a esas alturas era ya un escritor consumado.

Yo me reía de todos ellos y seguía escribiendo mis versos, cuentos y novelas en secreto. Mi nueva vocación se había apoderado de mi. Escribía a todas horas encerrado en mi cuarto, a veces pasaba días enteros sin comer, y ninguno de los vulgares mortales que me rodeaban llegaba a atisbar siquiera mi gran secreto: ¡yo era un artista, sí, un gran artista!

Al cabo de cinco años de trabajar rodeado de misterio y sin contacto con nadie, sólo con las musas, había acumulado diez mil ochocientos cincuenta y tres relatos, cuatrocientos cincuenta mil poemas, veinte mil ensayos y cincuenta novelas de tres mil páginas cada una. Seguí a rajatabla el consejo de Rubén: cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho encintas.

En mi cuarto ya no cabía una hoja más y tuve que dormir sobre los manuscritos de mi gran obra, haciendo algo de espacio para comer...Hablando de comer...¿a qué hora sirven el rancho en este manicomio de mierda?

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