viernes, 22 de febrero de 2013

Treinta años después



Aquel domingo, cuando caminabas hacia la universidad, ya no te creías impune...La tarde te acosaba fielmente y decoraba tu escenario con un cielo gris, habitado por un aire tenso, irrespirable, tan cargado de impurezas y fantasmas, que casi sentías en tu cuello el avasallante poderío de las portentosas manos del estrangulador de Boston.

Cómplices, la larga acera desolada, dueña sólo de tus asfixiados pasos y tu agonizante presencia, y la exigua vegetación, reverdecida por tempestuosos aguaceros a destiempo y pisoteada mil veces por monstruosas maquinarias, se fundían en espinosa yunta, uncida también a tu castigado cuello, haciendo aún más pesado tu paso al conjugarse el alevoso comportamiento del paisaje con la sempiterna duda que te arrastraba, lánguido, a la dominical paz universitaria.

Caminabas, y tu memoria era un arcoiris desbordado, nacido al trasluz de innumerables recuerdos, imbricados inexorablemente con tu paso dubitativo y tu mirada profusa en incertidumbres, confundida en la irresoluta delineación de fugitivas formas en la antesala universitaria, a la que tu miopía hacía aún más huidiza e inexacta y que, a cien metros de tus pasos, adquiría neblinosos matices de compuerta dimensional hacia el vacío.

Esa tarde, treinta años después, el paisaje no era aquel gracioso escenario que te conducía, con la esperanza del apostador eterno y vital, hacia una opción de libertad, prefigurada en sueños de adolescente y labrada en lo que considerabas por aquél entonces titánicos enfrentamientos contra instituciones vacuas, opresoras, castrantes. No era aquella tarde en la cual una tímida sonrisa impulsaba tus ardientes pasos por aquella acera polvorienta, donde, muchas decepciones después, te arrastrarías trémulo y desencantado.

En esa universidad garibaldina y mitológica, treinta años atrás, tus palabras detonaban realidades insensatas y tus manos eran martillos de cantero que destrozaban mitos fraguados en crisoles infames, personificados en falsos oficiantes y taumaturgos de neblinosos dogmas.

Hacia la universidad caminabas ese domingo agrio y tu paso len-tí-si-mo intentaba avanzar contra un aire sólido, compactado en visiones de concreto, aplastantes...

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