martes, 5 de febrero de 2013

Habla el autor de un autor


¡Salud! Viajer@s del tiempo y el espacio. Os habla el que ha creado al escritor de estos relatos. Aunque en realidad no lo he creado exactamente. Más bien lo rescaté del olvido y la extinción. Pude salvar la última sílaba de su nombre antes de que desapareciera el sonido luego de ser pronunciado por última vez. Logré rescatar el último quark que se desintegraba en el vacío luego de ser pensado por última vez. Tuve que reanimar su corazón exangüe cuando dejó de ser amado.

Su antigua creadora dejó de pensarlo, dejó de escribirlo, pronunciarlo y amarlo y, por lo tanto, estaba condenado a desaparecer. Era, con urgencia, un personaje en busca de autor. Y es que sólo somos palabras. Ni siquiera somos sueños, como sugerían Calderón y Shakespeare. Estamos hechos de palabras. Vivimos cuando hablan de nosotros, nos piensan, nos escriben, nos aman o nos odian. La indiferencia es la muerte. Es el vacío absoluto. Sólo Facebook y nuestros avatares en la red nos salvan de la extinción.

Sí ya sé que los homos digitales y los cuánticos me dirán que sólo somos información y energía en perpetuo intercambio con el entorno. Y los del zen me dirán que lo que es sólo se percibe cuando se acalla la mente y se queman las palabras en el caldero del dan tien. Pero es que Buda era un triste. Lo conocí y no pude hacer nada por él. Estaba empeñado en creer que para no sufrir tenía que hacer desaparecer el deseo, extinguir la pasión, desechar las ilusiones, negar el mundo y la vida. El parece que lo logró y desde entonces lo llaman “el iluminado”. Pero eso es inhumano. Estamos hechos de deseos, pasión e ilusiones. Y si nadie lo remedia, la vejez, la enfermedad y la muerte, tocarán nuestra puerta algún día. Y sólo con palabras podemos darle forma al deseo, comunicar nuestras ilusiones y desatar la pasión...Las palabras de la afirmación del mundo y de la vida. Es un tópico muy extendido y falso ese que reza que una imagen vale más que mil palabras.

El caso es que tomé los restos del autor de estos relatos y hube de actuar con rapidez. Lo reanimé con palabras pronunciadas mientras las escribía, logrando así un doble efecto revitalizador. Lo convertí en escritor para darle posibilidades de inventarse a sí mismo a discreción, aunque tomando en cuenta que también yo lo escribo. Y para darle consistencia, lo llevé a vivir a una ciudad sólida, concreta y antigua ¿Y cuál mejor que Santiago de Compostela? Compostela está hecha de piedra y de campanadas, que vienen a ser las palabras con las que se expresan la catedral y las iglesias de la ciudad. Lo otro que tiene Compostela es que está muy escrita. Visiten la biblioteca pública y encontrará miles de libros sobre Compostela, guías de viaje, reseñas fotográficas, películas, vídeos profesionales y relatos de peregrinos. Cientos de miles de peregrinos en el mundo entero y quizás más allá, hablan de ella, piensan en ella, escriben sobre ella. Hablan y escriben sobre ella en casi todos los idiomas ¿Qué más garantía de perpetuidad si a ello sumamos la piedra? ¡Ah, la piedra! El símbolo de lo eterno a lo largo de la historia de la humanidad.

Estos relatos tienen algo de terapéutico porque su autor -pensado y escrito por mi- los escribió para reinventarse a sí mismo. Y yo lo dejo creer que él se va moldeando a sí mismo cuando soy yo el que maneja el torno del alfarero. Lo dejo soñar con la meta autoimpuesta de llegar a ser un hombre completo, integrado con sus luces y sus sombras, conocedor de sí mismo y de sus múltiples máscaras, autorrealizado y pleno de vida simbólica.

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